martes, 9 de julio de 2019

La casa


Tenía fiebres y apagavelitas de cumpleaños la  casa.
Tenía edificios adolescentes y sueños quebrados
Y tenía aspavientos y bofetones.
Y tenía luz grande y sonora…como de fandango.
Podía ser brujera y tenebrosa la casa
y quiso ser linda, acogedora y amorosa.
Tuvo cerrojos varios y tropelías
y sudor a manta y un montoncito de abrazos insinuados.
Acomodo en la fresa de los días, turba de gritos
y una forma mullida de hogar vista desde ahora
en la sequedad fría de una mesa larga de notaría.
La casa fue soniquete de cante grande y villancico,
fue un estate quieto y un soplamocos a tiempo,
fue el valor del trabajo en el ejemplo
y los vaivenes penosos en los últimos recodos del camino.
Hace tiempo que no tiene mi aire mi casa y mi almohada.
Ya es otro tiempo. Ya tengo otra casa.
Pero aquella casa será la que me lleve para siempre
en la mochila eterna de la nostalgia.
La casa, sólo ella. No hay más.


viernes, 26 de abril de 2019

Frío


Ayer hacía un frío del demonio, el viento bajaba racheado y se me metía bajo las perneras  del pantalón evidenciando, por los temblores añadidos, el descuido de no haberme puesto un jersey. Una buena chupa me apretaba el cuerpo cuello arriba pero por el agobio de la lana me quedé sólo con la camisa. Y luego comenzó a llover; el azote al unísono de Eolo daba la vuelta del revés los paraguas de los transeúntes y los troncos metálicos de los semáforos se balanceaban rítmicamente como los junquitos de la charca que presienten temporal y ahuyentan a los patos.

lunes, 15 de abril de 2019

Servanda y Lara

Medio encorvada sobre el carrito de la compra relleno a medias, la señora Servanda hacía enormes esfuerzos por subir el bordillo de la acera, Bajo la chaquetilla de lana de color indefinido de la familia de los marrones, se le adivinaba una camisa gris de cuello vuelto y en la pechera se entreveía la cola larga de un lagarto de plata del tamaño de un mechero pequeño, engarzado en horquillas que simulaban oro pero que en realidad era chapado envejecido.
 Con esfuerzo subió, por fin, a la acera. Ayudada, sin ninguna duda, por la mirada fiel de la perrita Lara, un animal de bondadosa y expectante atención que parecía, por sus gestos, captar cualquier atisbo de algo que pasará alrededor de su dueña. No ladraba, iba atada al carrito de la compra de la señora Servanda, tocada con una fea gorra, como la que acostumbran a llevar esas gentes que echan horas y horas mendigando por las calles. Vivía sola Servanda y cada día ella salía con su perrita Lara atada al carrito de la compra cuando yo llegaba a casa de trabajar. Se me hacía difícil pensar que saliera tan tarde de casa, pero así era.
 Al mediodía mi barrio tiene más vibraciones. Los vecinos pespuntean las aceras y las esquinas con mayor fluidez y las señoras hacen rodar los carritos de la compra con profesional habilidad. Los abuelos, con la barra de pan bajo el brazo hacen pensar que toda una vida de trabajo ha degenerado en ronda diaria a la panadería, sin más embarazo que tener cuidado no perder pie en la doble escalera del Súper y dar con la ya delicada geografía huesal en el duro pavimento. Cosa que puede llegar a ser definitiva..
 La perrita Lara va al paso lento y peliagudo de Servanda. Pareciera que el animalito está acostumbrado al ritmo cansino y simple de su dueña. Cuando ella se para para suspirar, ella se queda como una estatua de sal y la mira con dulzura, las orejillas levantadas, como esperando una orden. Pero esa orden no llega. Simplemente Servanda retoma el blandito y manso pasito a pasito.
  Lara entiende y se acomoda a su melodía.

sábado, 9 de marzo de 2019

Las cosas mocoson

Perdonen el título: es un jueguecito literario. Hasta hoy este blog, que a partir de ahora será tan subjetivo como desconocido, cambiará de tema. Hasta ahora se ha llamado de otra forma y sus asuntos estaban relacionados con el teatro y algún otro escorzo de indefinida traza. Ahora se llamará como ha querido que se llame el Sr. Luis, mi vecino octogenario que entretiene su ya lejana jubilación haciendo maquetas de escavadoras, camiones y coches de vieja construcción, en madera. Y el hombre lo borda. Toma café todos los días en el bar de abajo, como yo. Y ayer sábado, la propietaria, al verlo entrar le dijo: "bueno Luis, a terminar la semana". A lo que él contestó: "los días se van solos".
 Y ahí quedó el nuevo título de este blog: Los días se van solos. Lo pronunció Luis con voz apagada y melancólica, como reuniendo en la textura de su sonido gotas de tristeza y poso de resignación.
 Y a mí  me dio la idea de trasformar este espacio en la red para suscitar, cuando sea menester, otras consideraciones, seguramente más acordes con mis sesenta años. Una categoría temporal que me esclaviza unas veces y me da alas otras. En cualquier caso será ésta una ventana personal, íntima y pública. Una descarada paradoja, como podrán apreciar. Así están las cosas.

lunes, 4 de marzo de 2019

Hasta siempre torero

Se fue Rubén de Dios, torero de mil capeas, emociones y desenfrenos sentimentales bordados al hilo del toro y su pasión más sentida y acuciada. Murió en la nada de tiempo, visto y no visto y eso, por el hachazo de la certeza maldita, duele más si cabe. Rubén de Dios, amigo y confidente, un tipo franco, solidario, sincero y buena gente donde los haya. Un amigo a quien siempre recordaré con el orgullo y fortuna de haberle conocido y de habernos enriquecido con
mutua admiración. Hasta siempre amigo.

martes, 18 de diciembre de 2018

Presentación de EL VENENO DEL TORO en la Librería Santos Ochoa


El 24 de octubre de 2018, a las siete y media de la tarde presenté mi libro en la Librería Santos Ochoa, de la Gran Vía. El columnista y y escritor Fermín González hizo las labores de introductor, reflexionando sobre distintos aspectos de la fiesta de los toros. A sus preguntas fui contestando hilvanando comentarios sobre el libro en cuestión. Un grupo de aficionados asistieron a esta presentación en el precioso marco que nos regaló esta Librería. Con algunas preguntas finales, concluyó el acto entretenido e interesante.